«Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Ec 1:2)
Las palabras de este versículo no fueron escritas por un agnóstico o un filósofo existencialista. Brotaron de la mente y los labios de un predicador ( Ec 1.1) que había ahondado en el sentido de la vida «debajo del sol» con todas sus paradojas y contradicciones. Fruto de sus reflexiones es una cadena de conclusiones deprimentes. Las ha elaborado con gran objetividad a la luz de sus variadas experiencias personales, expuestas en los primeros diez capítulos del libro de Eclesiastés. Y todas esas experiencias conducen a la misma conclusión: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad», lo que equivale a «vacuidad», es decir «vacío». Vacío y desilusión es el trabajo con que se afana el hombre (Ec.1:3). Vacío -o vanidad- la sucesión de generaciones humanas (Ec. 1:4). Carencia de sentido en lo rutinario del vivir cotidiano (Ec. 1:5-7). «Todas las cosas dan fastidio, más de lo que el hombre puede expresar» (Ec. 1:8). Y a partir del versículo 8, el texto de Eclesiastés es una exposición de sucesivas frustraciones: la futilidad de la sabiduría humana (Ec. 1:17), el placer (Ec. 2:1), la abundancia de posesiones materiales (Ec. 2:10).
Prosigue el predicador la exposición de males y frustraciones que acompañan a las experiencias más variadas del ser humano, todo lo cual culmina con la enigmática experiencia de la muerte.
Ni aun la vida más favorecida por el bienestar está exenta de días oscuros y de duro sufrimiento. Es aleccionador el testimonio del eminente poeta alemán Johan W. Goethe: «Me llaman mimado de la fortuna, y no me quejo del curso de mi vida. Sin embargo, todo ha sido fatiga y dolor. Puedo decir con verdad que en setenta y cinco años no he disfrutado ni cuatro semanas de verdadera satisfacción». No es de extrañar que filósofos existencialistas como Sartre o Camus hayan visto la vida humana envuelta en la más negra oscuridad y que algunos de ellos hayan visto el suicidio como única salida coherente. No es de extrañar que tal visión de falta de sentido de la vida mueva a un número creciente de personas a visitar la consulta de psiquiatras o psicólogos.
Después de casi tres mil años, los problemas de la existencia humana siguen planteándose al hombre de hoy con la misma inquietud, y con idéntica amargura, que para los contemporáneos del Predicador salomónico. Si observamos nuestra existencia objetiva y fríamente, a la luz de nuestra deficiente sabiduría, nos resultará muy difícil escapar a su conclusión: «Todo es vanidad». Todo vacío y tedio. Todo punzante insatisfacción.
Pero en el fondo la conclusión del libro es mucho más luminosa de lo que puede parecer a primera vista. A pesar de todas las vanidades, no induce a la desesperación. Más bien aconseja disfrutar con moderación y sensatez de los goces que todavía puede ofrecer la vida. Todo ello bajo la soberanía de Dios y la autoridad de sus leyes. Así se deduce de la conclusión del libro:
«El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre» (Ec. 12:13).
Manuel Cobarrubias, La Habana, Cuba

1 comentario:
"¡Qué bueno tener la certeza de la soberanía de Dios y la autoridad de sus leyes! Gracias Padre por este momento al poder disfrutar de la vida que me haz dado".
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